Arcade Stories: La maldición del hombre lobo

Arcade Stories: La maldición del hombre lobo

kl1Sabreman, completamente exhausto, logró trasponer una vez más el umbral de la puerta que daba acceso a la misteriosa sala del caldero. El aventurero se encontraba al límite de sus fuerzas, aunque la mayor amenaza que le acechaba estaba representada por el tiempo del que disponía para romper de una vez por todas su maldición. Durante treinta y nueve días había vagado sin cesar por aquel pesadillesco castillo, utilizando sus dotes de exploración para lograr encontrar todos y cada uno de los ingredientes que se requerían para conformar   un antídoto capaz de contrarrestar el mal que le consumía por dentro. Fueron treinta y nueve días, noches inclusive. Cuando la oscuridad reinaba, el influjo de la luna obraba una horrenda transformación en Sabreman, capaz de separarlo por completo de sus raíces humanas. Sus colmillos crecían y se afilaban, el vello poblaba todos y cada uno de los poros de su piel y su mirada se volvía roja. La luna acercaba al explorador a la imponente fisonomía de un lobo.

Fue con esta apariencia con la que se presentó por última vez ante los dominios de Melkhior, el poderoso brujo. Era una habitación pequeña, o al menos esa era la impresión que daba una sala en la que la mortecina luz de las antorchas y el viciado aire descargaban un invisible peso sobre todo aquel que se aventuraba a entrar en ella. El agotamiento que invadía a Sabreman le produjo un tremendo bloqueo mental. Como consecuencia, olvidó tener en cuenta un importantísimo detalle: el mecanismo de defensa del mágico caldero le atacaría si se presentaba en forma lobuna, cercenando sus escasas esperanzas de salvación. Poco a poco, una terrible neblina ascendió hasta alcanzar la parte superior de la sala. Su abrasivo contacto resultaría letal para Sabreman, que aceptó con resignación su triste final, muriendo en la orilla de la playa de su salvación.

Justo antes de cerrar los ojos para siempre, un postrero golpe de suerte detuvo la escena, ya que el explorador comenzó a transformarse de nuevo hasta alcanzar la forma humana. Las paredes de aquella sala eran completamente opacas, algo que convirtió a la aparición del sol en una inesperada sorpresa que hizo que la neblina desapareciera. Sabreman seguía con vida y tenía vía libre para dirigirse hacia el brujo y entregarle el ingrediente final necesario para preparar la ansiada poción. Melkhior tomó el objeto entre sus huesudas manos, lo contempló por unos momentos, murmuró unas palabras y, por último, acabó depositándolo en el interior del caldero.

Entonces ocurrió. De la olla emergió un fulgor que obligó al aventurero y al brujo a cerrar sus párpados. Luego, un horrible sonido, ululante y lastimero, retumbó por todas las paredes de la habitación. Enormes volutas de humo inundaron la sala, impidiendo a cualquier posible espectador contemplar la resolución del enigma. Instantes después, la humareda comenzó a disiparse. La figura del explorador se encontraba de pie junto al caldero, recortado por la luz de las antorchas, mientras que la que iba ataviada con la túnica de mago permanecía de rodillas, quejumbrosa y con aparentes signos de dolor. Y ya nada sería igual.kl2

En aquel momento, Sabreman comenzó a recordar los inicios de una aventura que tocaba a su fin. La primera vez que conoció al hechicero, éste le prometió que podría lograr que dejara de transformarse cada noche en lobo. Por desgracia para él, el ladino brujo le ocultó una valiosa información; aquella poción tendría efectos secundarios irreversibles, efectos que comenzaba a sentir en su propio cuerpo. Postrado, Sabreman enfocó su mirada hacia arriba y divisó un rostro que le resultaba familiar. Era un hombre de mediana edad que lo observaba con una divertida expresión. Sabreman tuvo la impresión de que se miraba en un espejo, pero, desgraciadamente para él, no era así. Ya no.

Melkhior se giró, dando la espalda al viejo arrodillado. Mientras disfrutaba de su nuevo y vigoroso cuerpo, dirigió la vista atrás una última vez, pensando que quizá echaría de menos sus interminables paseos en torno al mágico caldero.

Jesús Relinque -Pedja-

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